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¿Cuándo ir a terapia de pareja? 8 señales de que puede ser momento de pedir ayuda


Pareja adulta conversando sobre problemas de comunicación y considerando acudir a terapia de pareja antes de una crisis

Hay parejas que llegan a terapia cuando sienten que están a punto de separarse. Han hablado, discutido, hecho acuerdos, intentado cambiar algunas cosas y, después de un tiempo, vuelven al mismo punto. Para ellas, la terapia aparece como una última oportunidad, una especie de tabla salvavidas antes de tomar una decisión definitiva.


Pero no todas las parejas llegan así.


Cada vez encuentro más personas que comienzan a mirar la terapia de pareja de otra manera: no necesariamente como una señal de fracaso ni como el último recurso para evitar una separación, sino como una oportunidad para comprender qué está pasando y decidir cómo quieren continuar. Y esta diferencia me parece fundamental.


No es necesario que una relación esté al borde de romperse para buscar ayuda profesional. De hecho, esperar hasta que el conflicto sea enorme, que la distancia emocional sea evidente o que una de las personas ya esté completamente desconectada puede hacer que el proceso sea más complejo.


Para mí, la terapia de pareja debería formar parte de la canasta básica de bienestar. No solamente como una forma de evitar estar peor, sino como una posibilidad de estar mejor.


¿Cómo saber si una relación de pareja necesita terapia?

No existe un termómetro que podamos colocar sobre una relación para determinar si está “bien” o “mal”. Cada pareja tiene su propia historia, sus acuerdos, sus circunstancias y su manera de relacionarse. Sin embargo, hay algunas señales que conviene escuchar.


Una de las más evidentes aparece cuando la pareja ya no puede comunicarse sin terminar en un conflicto. Una persona dice algo y la otra entiende algo completamente diferente; intentan hablar de un asunto aparentemente pequeño y terminan discutiendo por algo mucho más grande.


Puede tratarse de las responsabilidades en casa, la crianza de los hijos, las finanzas, las familias políticas o la sexualidad. El asunto que genera la discusión puede ser concreto, pero la dinámica que se activa entre ambos puede ser mucho más profunda.


1. Hablan, pero sienten que no se escuchan

A veces una persona sabe perfectamente que algo le molesta, pero no puede identificar con claridad qué hay debajo de esa molestia. O sabe lo que necesita, pero no encuentra la manera de expresarlo.


En terapia podemos trabajar precisamente sobre eso: ayudar a cada integrante de la pareja a conectar con lo que siente y necesita para después encontrar nuevas formas de comunicarlo.


Cuando nuestra pareja dice o hace algo que nos mueve internamente, también puede conectarse con nuestra propia historia. No todo lo que sentimos frente a nuestra pareja corresponde necesariamente con su intención. Ahí aparecen elementos que no siempre son visibles: historias personales, mandatos de género, lealtades familiares y formas aprendidas de relacionarnos.


Por eso, decir simplemente “necesitamos comunicarnos mejor” puede quedarse corto.


2. Los mismos conflictos de pareja aparecen una y otra vez

Los conflictos son parte de cualquier relación. El problema no es que una pareja tenga diferencias, sino lo que ocurre con esas diferencias.


Una pareja puede tener un desacuerdo, escucharse, comprender lo que necesita la otra persona y encontrar una manera de modificar la pauta. Sin embargo, cuando las conversaciones escalan constantemente y existe una gran inundación emocional, resulta prácticamente imposible escuchar a la pareja.


Cuando esto se repite una y otra vez, puede ser momento de considerar acompañamiento profesional.


3. Hay desconexión emocional, aunque no existan peleas


Pareja sentada junta pero emocionalmente distante mientras cada persona mira su teléfono en casa

Esta señal suele pasar más desapercibida porque hay parejas que no discuten. Llegan a acuerdos, organizan la casa, atienden sus responsabilidades y aparentemente todo funciona, pero se sienten distantes.


“Parecemos roomies.”

“Estamos juntos, pero cada uno con su celular.”

“Se ha perdido la conexión.”

No todas las crisis de pareja hacen ruido. A veces la relación se va quedando silenciosamente sin espacios para conversar, abrazarse, compartir o simplemente estar juntos.

Esto puede ocurrir especialmente durante determinadas etapas de la vida. El nacimiento de los hijos, por ejemplo, transforma profundamente la dinámica cotidiana. Aparecen nuevos roles, responsabilidades, cansancio y prioridades.


Entonces se piensa:

“Ahora estamos cansados.”

“Ya habrá tiempo.”

“Cuando los niños crezcan podremos volver a estar juntos.”


Y así, casi sin darse cuenta, la distancia comienza a instalarse. El problema es que aquello que al principio parecía temporal puede convertirse en la nueva forma de relacionarse.


4. Una persona siente que siempre tiene que ceder

Puede parecer que una relación sin conflictos funciona bien. Pero también puede ocurrir que una de las personas esté evitando constantemente lo incómodo: cede, no pide, no expresa lo que siente y deja sus necesidades para después.


Desde fuera puede parecer que “se llevan muy bien”. Sin embargo, ese equilibrio puede sostenerse a costa de que una persona deje de tener voz.


Tarde o temprano puede aparecer el cansancio de haber cedido demasiado.


Por eso, para mí, la ausencia de conflicto no es necesariamente una señal de bienestar.

5. Un problema del pasado sigue apareciendo como reclamo

Hay parejas que traen constantemente a las discusiones algo que sucedió hace mucho tiempo. Pueden haber pasado meses o incluso años, pero vuelve una y otra vez:

“¿Te acuerdas cuando hiciste…?”

“Después de lo que pasó, yo ya no puedo confiar.”

“Siempre haces lo mismo.”


Cuando un acontecimiento del pasado continúa apareciendo como reclamo, puede ser una señal de que algo de aquella experiencia todavía duele y no ha podido resolverse.


No se trata simplemente de olvidar lo ocurrido. Se trata de comprender qué permanece pendiente en la relación y qué necesitan ambos para poder construir una manera diferente de relacionarse con aquello que pasó.


6. La sexualidad ha cambiado y no saben cómo hablar de ello

“Ya no tenemos sexo.”


Esta frase puede significar muchas cosas. Desde una mirada sexológica, considero importante no asumir automáticamente que menos sexo significa menos amor.

Nuestra educación ha vinculado fuertemente el sexo y el amor, especialmente en las mujeres, y esto puede llevar a interpretar una disminución de la actividad sexual como evidencia de que la relación ya no funciona.


También puede suceder lo contrario: que una pareja piense que, si vuelve a tener sexo, todos sus problemas desaparecerán.


A veces trabajar directamente sobre la sexualidad sí permite que la dificultad se resuelva favorablemente. Pero otras veces la sexualidad está expresando algo más.


Puede existir una distancia emocional, conflictos que no se han resuelto o una dinámica relacional que dificulta el encuentro erótico. En esos casos, centrarnos únicamente en “volver a tener sexo” sería mirar solamente una parte de la fotografía.


El problema sexual puede ser la puerta de entrada, no toda la historia


Pareja recuperando la conexión emocional después de trabajar conflictos cotidianos y diferencias en el deseo sexual

Recuerdo el caso de una pareja que llegó precisamente por una discrepancia en el deseo sexual.


Al explorar lo que estaba ocurriendo antes de intervenir directamente sobre su sexualidad, aparecieron conflictos importantes relacionados con las actividades domésticas y la limpieza. La manera en que se pedían las cosas generaba un desbordamiento emocional considerable y esto había producido una desconexión emocional.


Lo interesante era que ambos seguían sintiendo deseo.


Sin embargo, cuando él se acercaba, ella lo rechazaba. Cuando ella sentía deseo, no se lo comunicaba. El deseo no había desaparecido: había quedado atrapado dentro de una dinámica relacional que los alejaba.


Al trabajar sobre la manera en que se comunicaban y sobre la inundación emocional, ambos pudieron reconocer que contribuían a mantener aquella pauta negativa. No se trataba de descubrir quién era responsable de todo, sino de que cada persona pudiera hacerse cargo de su parte.


Con el tiempo pudieron acercarse emocionalmente, volver a compartir espacios y tener citas. Después fue posible trabajar directamente sobre el deseo sexual.


Y ahí ocurrió algo importante: no se limitaron a recuperar el sexo que tenían antes.

Construyeron su propio repertorio y modelo erótico. Aprendieron a comunicar lo que querían, lo que les gustaba y lo que necesitaban. La sexualidad dejó de estar enfocada solamente en “tener sexo” y comenzó a estar más relacionada con el placer y la satisfacción.


Para mí, esto ilustra algo fundamental: a veces la sexualidad manifiesta un malestar de la relación, pero también puede convertirse en un espacio para reconstruir la conexión.


7. Existe una lucha constante por demostrar quién tiene la razón

Hay parejas que llegan a terapia buscando que el terapeuta determine quién está bien y quién está mal.

“Yo hago muchos cambios y él no.”

“Yo doy mucho más.”

“Quiero que ella cambie porque yo ya hice todo.”


En estos casos, una de las primeras tareas es cambiar la pregunta.


La terapia de pareja no debería convertirse en un tribunal para determinar quién es culpable. La relación es de dos y existe una dinámica que se construye entre ambos.


Eso no significa que todas las responsabilidades sean iguales ni que todos los desequilibrios tengan la misma dimensión. Existen relaciones donde el poder de una persona impone, exige o minimiza sistemáticamente lo que la otra siente y quiere.


Por eso es importante mirar con cuidado las dinámicas de poder. Cuando ambos están en condiciones de participar en el proceso, cada persona puede revisar su propia participación y hacerse responsable de sus cambios, en lugar de esperar que el terapeuta consiga que su pareja cambie.


8. Hacen acuerdos, pero vuelven siempre al mismo punto

Otra señal frecuente aparece cuando la pareja ya ha intentado resolver el problema por su cuenta muchas veces. Hablan, hacen acuerdos, prometen cambios y durante algunos días o semanas parece que las cosas mejoran.


Después, poco a poco, reaparece la misma dinámica.


Esto no significa necesariamente que falte voluntad. Muchas pautas relacionales se mantienen porque cada integrante reacciona frente a la reacción del otro y, sin darse cuenta, ambos terminan entrando en un ciclo conocido.


La terapia puede ayudar a observar ese ciclo desde fuera, comprender qué lo activa y ensayar respuestas diferentes.


La terapia de pareja no es solamente una tabla salvavidas

Me parece importante cambiar esta idea. La terapia puede ser una tabla salvavidas cuando una pareja atraviesa una crisis, pero no tendría que ser solamente eso.


Yo la pienso como una radiografía. Una radiografía permite mirar lo que no podemos observar a simple vista. A veces no encontramos nada relevante. Tal vez existe una pequeña inflamación que no requiere mayor intervención. Y otras veces encontramos algo que conviene atender oportunamente.


Con la pareja sucede algo parecido. No tenemos un termómetro que nos indique exactamente qué está pasando en una relación. Todas las parejas son diferentes, pero si hay algo que duele, genera dudas o produce malestar, vale la pena mirar. No necesariamente porque algo esté mal, sino porque queremos estar mejor.


¿La terapia de pareja siempre busca salvar la relación?

No necesariamente. Y para mí es importante decirlo porque muchas personas llegan a terapia pensando que el objetivo es “salvar” la relación a toda costa.

Yo no lo planteo así.


La terapia puede ser un espacio para detenerse, mirar lo que está pasando y comprender cómo han llegado hasta donde están.


A veces, cuando ambos están dispuestos a revisar su manera de relacionarse, pueden encontrar nuevas formas de comunicarse, de escucharse, de volver a conectar y también de vivir su sexualidad. Pueden descubrir que la relación que tenían ya no les funciona como antes, pero que existe la posibilidad de construir una relación diferente, más acorde con quienes son ahora.


Pero también puede suceder algo distinto.


En ese proceso, alguna de las personas puede darse cuenta de que continuar en la relación ya no es lo que quiere o necesita. Y eso también forma parte del trabajo terapéutico.


Para mí, acompañar a una pareja no significa decirles si deben quedarse o separarse. Significa ayudarles a ampliar la mirada para que puedan tomar decisiones desde una comprensión más profunda de lo que están viviendo y no solamente desde el cansancio, el enojo, el miedo o la urgencia de terminar con el malestar.


A veces llegamos a terapia mirando solamente una parte de la fotografía: el problema sexual, las discusiones, la falta de comunicación, la distancia o aquello que nos está doliendo.


El proceso terapéutico permite alejarnos un poco y mirar la fotografía completa.

Y desde ahí pueden aparecer preguntas diferentes:

¿Qué nos está pasando?

¿Qué necesitamos cada uno?

¿Qué estamos dispuestos a transformar?

¿Qué tipo de relación queremos construir a partir de quienes somos hoy?


Porque una terapia de pareja no tendría que tratarse solamente de recuperar lo que alguna vez fueron. También puede ser una oportunidad para descubrir si existe una nueva manera de estar juntos y, si no es así, poder reconocerlo y tomar una decisión con mayor claridad y responsabilidad.

No se trata de volver a ser la pareja que eran antes

Una expectativa frecuente es recuperar “lo de antes”, pero todas las personas cambian.

Cambian por la edad, por las etapas de vida, por el trabajo, por la llegada de los hijos, por el estrés y por las transformaciones constantes del entorno. Y cuando las personas cambian, también cambia la relación.


Por eso, más que preguntarnos “¿cómo podemos volver a ser como antes?”, podemos preguntarnos: “Partiendo de cómo somos ahora, ¿cómo queremos estar?”


Esta pregunta abre la posibilidad de diseñar una nueva relación.


Una relación que considere quiénes son actualmente, qué necesitan, qué desean y cuál es su realidad, en lugar de intentar regresar a una versión pasada de la pareja.


En este sentido, la terapia puede convertirse en un espacio para renovar el amor, el compromiso y la confianza. John y Julie Gottman han señalado precisamente la confianza y el compromiso como pilares importantes de la relación. Lo demás puede modificarse, remodelarse y reconstruirse.


Entonces, ¿cuándo conviene pedir ayuda profesional?

Si tuviera que resumirlo, diría que no necesitamos esperar a que una relación esté en crisis para buscar ayuda.


Puede ser recomendable considerar terapia de pareja cuando:

  • ya no pueden comunicarse sin sentirse incomprendidos;

  • los mismos conflictos se repiten constantemente;

  • existe una escalada emocional que les impide escucharse;

  • sienten desconexión, aunque no discutan;

  • viven más como compañeros de casa que como pareja;

  • una de las personas siente que siempre tiene que ceder;

  • hay necesidades que no se expresan por miedo a generar conflicto;

  • un problema del pasado continúa apareciendo como reclamo;

  • existe una dificultad persistente en la sexualidad;

  • sienten que la relación se ha vuelto rutinaria y no saben cómo recuperar la conexión;

  • hacen acuerdos, pero no consiguen sostener los cambios;

  • alguna de las personas siente que algo no está bien, aunque no pueda explicar exactamente qué.


No es necesario cumplir con todas estas señales.

A veces basta con una pregunta que permanece: “¿Qué nos está pasando?”


Y quizá esa pregunta sea suficiente para empezar a mirar.


Preguntas frecuentes sobre terapia de pareja

¿Tenemos que estar a punto de separarnos para ir a terapia de pareja?

No. De hecho, esperar hasta que la relación esté muy deteriorada puede hacer que el proceso sea más complejo. La terapia también puede ser una oportunidad para fortalecer la relación, revisar dinámicas y construir nuevas formas de vincularse.


¿Si no discutimos significa que nuestra relación está bien?

No necesariamente. Algunas parejas evitan el conflicto cediendo constantemente o dejando de expresar lo que necesitan. Otras dejan de discutir porque también han dejado de sentirse conectadas. La ausencia de peleas no siempre significa presencia de bienestar.


¿La falta de sexo significa que ya no hay amor?

No necesariamente. La sexualidad puede cambiar por múltiples razones y no existe una frecuencia sexual universal que determine si una pareja funciona o no.

En algunos casos, la dificultad sexual requiere un abordaje específico; en otros, puede estar expresando dificultades más amplias dentro de la relación.


¿La terapia de pareja sirve para decidir si debemos continuar juntos?

Sí. La terapia no tiene necesariamente como objetivo mantener la relación a cualquier costo. Puede ayudar a comprender mejor la dinámica de la pareja y tomar decisiones con mayor claridad.


¿Qué pasa si mi pareja es quien “tiene el problema”?

La terapia no debería convertirse en un espacio para conseguir que el terapeuta dé la razón a una persona y determine que la otra es el problema.

Cuando ambos pueden participar en el proceso, cada integrante puede revisar su propia responsabilidad y trabajar en cambios individuales que contribuyan a transformar la dinámica.


¿Cuánto tiempo hay que esperar para buscar terapia?

No hay que esperar a que el problema se vuelva enorme.

Si existe una incomodidad persistente, una duda, una desconexión o algo que está generando malestar, puede ser un buen momento para consultar.


Para terminar: no tienes que esperar a estar peor

Las relaciones también necesitan cuidados.


No tenemos que esperar a que algo se rompa para revisarlo. No tenemos que aguantar hasta que la distancia emocional sea enorme ni esperar a que una dificultad sexual se convierta en una fuente permanente de frustración.


A veces buscamos ayuda porque queremos evitar que algo empeore, y también podemos buscarla porque queremos estar mejor.


Eso requiere algo de valentía: mirar lo que está pasando, reconocer lo que sentimos, atrevernos a pedir lo que necesitamos y aceptar que quizá la relación necesita transformarse. La incomodidad de mirar puede ser temporal. Lo que no necesariamente tiene que ser permanente es la manera en que estamos viviendo nuestra relación.


Quizá la pregunta no sea: “¿Estamos lo suficientemente mal como para ir a terapia?”


Quizá sea: “Partiendo de cómo somos y de cómo estamos hoy, ¿cómo queremos estar?”


Ahí puede comenzar una conversación diferente. 


Escrito originalmente por Maru Reynaga y revisado por la Dra. Lorena Olvera.

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